CRÓNICAS MONTEVIDEANAS DE UN SIGLO ATRÁS

Echarame yo a ahora a hacer un estudio histórico desde los comienzos del carnaval, y tuviera , de seguro, para indigestar a mis lectores con un par de columnas de citas, fechas, lupercales y saturnales y mil otras antiguallas que hablarían mucho en favor de mi erudición, para los que no saben que estas cosas se encuentran en cualquier librajo de esos en que muchos cosechan los partes y novedades con que se dan ínfulas de ser sabedores de cosas de otros siglos, sin darse cuenta, las mas de las veces, de lo que acontece en el que viven, como que va mucho de copiar lo que otros dijeron a hacer por sí las observaciones y comentarios a que se presta lo que nos rodea.

Autor: Sansón Carrasco.
(Publicado en Diario La Razón, Febrero 1883).
No crea, pues, el lector, que voy a remontarme hasta los orígenes de la fiesta que hoy comienza, pues solo echaré un vistazo a quince años atrás, la mitad de los que tengo con un ítem que no hay para que detallar, pues sabido es que, tanto hombres como mujeres, no salimos de los treinta hasta que los cuarenta nos suenan, y de acá a allá, todavía va larga para mi. ¡Así pudiera estirarlo!
Decía, pues, y digo, que ahora quince años, y menos aún, se jugaba al carnaval a huevazo limpio, cosa de todo sabida, pero como el tiempo pasa, y con el se van los recuerdos, no estará de mas hacer memoria de aquellos tipos especiales de nuestro carnaval, y digo nuestro, porque no he oído jamás hablar de que fuera del Río de la Plata, se jugase a carnaval como entre nosotros, de aquella manera criolla, que degeneraba, las mas de las veces, en sopapos.
Convengo con los que dicen que aquello era bárbaro, pero quiero , también, que convengan conmigo en que era muy divertido; era mas espontáneo, mas popular, y, sobre todo, mas barato.
Los edictos policiales solo prohibían el uso de huevos de avestruz, y otras armas por el estilo, capaces de dar en tierra con los transeúntes, y el comienzo del juego se anunciaba con un cañonazo, disparado desde la que fue fortaleza de San José, y no hay para que pintar la ansiedad con que los jugadores esperaban, reloj en mano, el estampido guerrero para emprenderla con el primer incauto que pasase.
Todo era sonar el cañonazo y echarse a la calle centenares de muchachos, con canastas los unos, y con cajones los otros, colgados con un cordel de los hombros, anunciando a grito pelado.
– ”¡A los buenos guevitos de olor pa’ las niñas que tienen calor!”
A lo que otros contestaban:
– ”¡A los buenos guevitos de triquitraque pa’ las niñas que usan miriñaque!”
Llevaban los muchachos su frágil mercancía muy arreglada en hileras rojas, verdes, azules y amarillas, según el color dado a la cera con que se tapaban las cáscaras después de llenarlas de agua nominalmente perfumada, a razón de un frasco de “eau de cologne”, de aquellos larguiruchos, por cada balde de agua, y retobadas con trapos de todos colores, cortados en redondo, y sumergidos dentro de la cera hirviendo para pegotearlos en el huevo relleno, que quedaba convertido en temible proyectil.
Estos chicuelos surtían a los jugadores accidentales, paseantes que se entusiasmaban al recibir un balde de agua, y devolvían la fineza con una docena de balazos, que no de huevazos, según era la fuerza con que arrojaban las cáscaras, muchas de las cuales, mal rellenas, se estrellaban en el aire, disolviéndose la carga de agua en menudísima lluvia, tal era el impulso que llevaban.
Pero el jugador típico era el orillero de sombrero gacho, poncho, pañuelo de golilla, y en la mano otro atado por las cuatro puntas, dentro del cual llevaba su provisión de hasta dos docenas de huevos, bastantes para divertirse los tres días. A buen seguro que mi hombre lanzase un huevo a la ventura. Apuntaba como quien va a tirar al blanco, reboleaba el brazo dos o tres veces, y si consideraba dudoso el golpe, volvía a guardar el huevo, para no malgastarlo.
Y así se recorría toda la ciudad, soportando los baldes de agua que de las azoteas y balcones le llovían, o recibiendo en plena cara uno de esos jarrazos traicioneros que salían de atrás de una puerta entornada, disparados generalmente por una fornida gallega o por alguna morena de esas que tienen cada brazo como un tronco.
Al caer la tarde, se veía venir en una u otra dirección una gran comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono, la juventud dorada de Montevideo, que salía a jugar por lo fino, con cáscaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos tan ufanos y alegres con sus garibaldinas azules o rojas, pantalón blanco, bota de charol a la granadera, lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado. Allí era el salir apresuradamente a los balcones las señoritas, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiéndose con la otra de los proyectiles que ellos le arrojaban con toda mesura, a barajar, para no lastimarlas.
– “Acérquese, pues, no se acobarde” – decía una dirigiéndose a alguno de los campeones.
– “Me acercaré si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza” – contestaba el amartelado galán.
– “¡Allá va! ¡Venga a recogerla!”
Caía la flor bajo los balcones, apresurábase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibía en el rostro un torrente de agua que le cegaba y ahogaba, desgracia que el trataba de disimular diciendo con toda galantería:
– “¡Cómo ha de ser!… No hay rosa sin espinas …”
Y así seguía el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que les dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumándolas con exquisitas esencias, no sin que de vez en cuando se oyese gritar:
– “¡Puf! Está podrido.”
Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas cartuchos de confites, y ahí era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a los desperdicios, lanzándose en masa sobre la vereda cuando algún cartucho no llegaba a su destino, empujándose, pateándose, por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacían toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovían, retribuyendo ellos todavía el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a zutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviéndose a correr el albur de que al arrojarlas cayesen entre la turba multa de harrapiezos que andaban a caza de gangas. Venían, por fin, los saludos, que por lo general iban rociados de algún jarrazo especial, combinado con la mucama, estratégicamente colocada para no errar el golpe, y tras de esta húmeda despedida, retirábanse los jugadores, mojados hasta la médula de los huesos, las camisetas lacias, destiñendo el azul o el rojo de la tela sobre los pantalones, pero muy orondos con sus coronas, terciadas al hombro, cifrando cada cual su orgullo en el mayor número de las conquistadas en la acción que acababan de librar. Pobres coronas! al finalizar la jornada, solo quedaba de ellas algún jirón de tarlatana marchita, y como triste realidad, el arco de barrica en torno del cual la delicada mano de fulanita abullonara crespones y tules para obsequiar a su campeón.

Muchas veces, cuando las heroínas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veían de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrépidos que iban a librarles batalla dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincón, y protestas de los dueños de casa; tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala, prudentemente desamueblada desde el día anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningún adorno, en fin, más que la gran tina de baño colmada de agua, el baño de asiento, la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir de depósito para tener mucha agua a mano.
Repuestas las niñas del susto emprendían el ataque provistas de sus jarros pues buen cuidado tenían de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendíanse los hombres como podían, con las manos, con el sombrero, con lo que les caía al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de esas que se calientan en la refriega y ya no miran para atrás, arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio cuando ya no tienen con que mojar. Escurríanse los asaltantes como podían, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacia de reserva a las patronas, pero frecuentemente sucedía que el menos listo o el mas aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un círculo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonces pagaba él la calaverada, por él y por sus compañeros. Esta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquella le aplasta encasquetándole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironeándole la de mas allá de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras, cargan las cuatro con él, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarían, si la oportuna intervención del dueño de casa no pusiese fin a la gresca. ¡Cómo salía de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginará!
Había también los jugadores hípicos, grandes jinetes que se lucían cerrándole piernas al caballo para pasar por entre dos cantones en medio de una granizada de huevazos y una lluvia de bombas, costalando el caballo sobre las piedras azorado con la bulla, con los proyectiles que lo herían, con lo resbaladizo del suelo y con la constante amenaza de los lados y del frente y de atrás, sin atinar por donde huir para librarse de aquel infierno.
La calle, sembrada de retazos de papel y de cáscaras de huevo, denunciaba a los jugadores que, ocultos tras los pretiles de las azoteas, acechaban a los incautos. De repente aparecía un transeúnte, y mirando con cara de pillo, se aventuraba por la cuadra peligrosa, en la seguridad de burlar a los que le esperaban. Si las bombas y cáscaras estaban sobre una acera, tomaba el por la de enfrente, calculando entre si que los jugadores estarían encima de él, y contra ellos se defendía pegándose todo lo posible a la pared para resguardarse con las cornisas y balcones.
¡Inocente! Cuando mas contento iba, felicitándose de su travesura y sonriéndose del chasco que había dado, ¡zas! de atrás de una puerta que él ni sospechaba, le disparan un balde de agua que le ensopa de los pies a la cabeza. Aturdido por la sorpresa y temeroso de una nueva arremetida, saltaba al medio de la calle, y entonces le aprovechaban los de arriba, apedreándole a huevazos, haciéndole tambalear a baldes de agua y muchas veces, dando con él en tierra de un bombazo certeramente acomodado en la cabeza. Entonces se armaba una de silbidos, de gritos, de toques de corneta y de matraca que atraían a todos los curiosos, prudentemente aglomerados en la esquina, y cuando mas encantados estaban estos gozando con las desgracias del caído, ¡cataplum!, llovía sobre ellos toda una tina de agua que les dispersaba echando pestes y maldiciones contra el travieso que tan donosamente les había burlado.
¡Oh, los buenos tiempos! Y se fueron para no volver. Ahora todo es mezquino y raquítico. Se juega con pomitos, ridículo remedo de aquellas monumentales jeringas cuyo grueso chorro alcanzaba hasta los miradores y los mismo que los jugadores, se van las máscaras, aquellos “mascaraos” típicos que ha pintado de mano maestra Dermidio De María, describiendo a los marqueses y las pastoras sudados ellos dentro de sus casacones de terciopelo, y despeadas ellas con los zapatos estrenados ese día, y domados en una continua caminata desde las doce hasta la puesta del sol, para seguir después el burreo en los trasijados bailes de rompe y raja, en que van las parejas ceñidas como los hermanos siameses, haciendo de dos cuerpos un solo bloque que se menea como un “¡Ay de mi!” y suda mares desde la punta del pelo hasta … ¡no descendamos, por higiene siquiera, hasta esos extremos que no hay para que nombrar! …
¿Dónde se han ido los condes de la carreta de alambre con la boca de resorte para fumar una tagarnina? ¿Dónde, los indios de camiseta de punto, adornada la cintura y la cabeza con desperdicios de plumeros?
¿Qué se han hecho los turcos de cabeza atada con pañuelos de algodón, luciendo sobre la ropilla la licencia policial y holgadamente calzados con amplias alpargatas?
¿Los infantes de Aragón? ¿Qué se hicieron? ¿Dónde están?
Ya no se ven aquellas comparsas heterogéneas, formadas por acumulación en torno de un acordeón y una pandereta, sin conocerse los unos a los otros, vinculados momentáneamente por el deseo de marchar al compás de una música cualquiera, y disolviéndose de la misma manera que se agruparon, sin darse siquiera las buenas tardes, elementos congéneres en el modo de ser, que se agrupan como lo hacen los pájaros, en bandadas, aunque sean de diversa procedencia y plumaje, solo porque son pájaros, como solo por ser turcos todos ellos se empandillaban aquellos “mascaraos” de los buenos tiempos.

 

Nota: Sansón Carrasco es el seudónimo periodístico de Daniel Muñoz. Nacido en 1849 en la ciudad de Montevideo. En 1878 fue el fundador del diario La Razón. En 1884 sus artículos fueron recopilados en un libro que se tituló “Colección de Artículos”, transformándose en el primer gran escritor costumbrista de nuestro país. Además de su faceta como periodista y escritor, incursionó en la vida política siendo el primer Intendente Municipal de Montevideo, en el período 1909 a 1911, Ministro de Relaciones Exteriores en 1919 y embajador uruguayo en Buenos Aires. Falleció en 1930.

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