LA RETIRADA DE MOMO

El autor de la nota es un periodista de extensa trayectoria en los medios de comunicación. Recientemente estuvo participando en un ciclo televisivo de Canal 10 como panelista. En el diario El Observador, el 2 de junio de 1999, dedicó una de sus páginas a transmitir sus vivencias sobre nuestra máxima fiesta popular.

Autor: Lincoln Maiztegui Casas
Hubo un tiempo en que el Carnaval era el momento más poético del año. Así parece deducirse, por ejemplo, de las letras de los tangos, que insisten en la evocación de días de vinos y rosas en los que era posible hacerse la ilusión de la felicidad. Tiempo de máscaras y pantomimas, de rostros cubiertos y espíritus desnudos, el Carnaval rioplatense guardaba un aire veneciano, de “Commedia dell Arte”, inundado de pierrots, arlequines y colombinas, que le ponía un pincelazo literario. Así, cantaba, memorablemente como siempre, el Mago:

“Esa Colombina puso en sus ojeras
humo de la hoguera de su corazón.
Aquella marquesa de la risa loca
se pintó la boca por besar a un clown”

El tango traía un Carnaval ultramontano, de evocaciones invernales, propio de un pueblo con raíces ajenas y lejanas; así se lo inventaba un tango de los años de 1940, Papel picado:

“También a mi buhardilla un carnaval
te trajo la comparsa aquella vez.
Era en París, llovía y no había pan,
y te pintó un banquete mi pincel.
Entonces era viejo mi gabán,
y loco de ilusión, lleno de fe,
llovía, y en mi afán,
lo mismo lo empeñé
para comprar papel en vez de pan”.

La escena, con reminiscencias evidentes de la Bohéme pucciniana, tiene más carga poética que rigor, pues habría que preguntarse cuándo hubo comparsas en París. Pero no importaba; el Carnaval pequeñoburgués, que motivaba e interesaba a esas clases medias que le robaron el tango a los malevos de la orilla, era un brevísimo fulgor de epidérmica alegría tras el cual se ocultaba la tristeza última de la existencia. De ahí su fuerte carga
poética.

Y sin embargo, en esos años sí que los carnavales eran realmente populares.
No había estadísticas entonces, pero basta hablar con los viejos para darse cuenta de que, por encima de las diferencias sociales, todos se sentían partícipes de la fiesta de febrero. Murgas y comparsas alucinaban a jóvenes y muchachos de los barrios bajos, y las troupes, muy refinadas musicalmente, entusiasmaban a los sectores de mayor formación cultural. La legendaria Ateniense, del “Loro” Collazo, creaba hermosos temas en homenaje a los barrios que desaparecían y a la célebre muralla de la Guerra Grande, denunciando la “piqueta fatal del progreso”, o cantando -país cosmopolita al fin, como era el Uruguay de entonces- a la japonesita cuyo amor sólo se conquistaba convirtiéndose en su esclavo, a la china que se encontró perdida en un bosque de la China o a ese pueblito español a la orilla del mar, donde se vio a la amada por primera vez. Algunos de estos temas se difundieron tanto a través del milagro técnico de la época, la radio, que fueron registrados por célebres artistas internacionales; el inmenso Bing Crosby, para muchos el más grande crooner de la historia, grabó el último de los temas citados, In a little Spanish town.

El corso era la gran fiesta popular, la cita unánime a la que acudían todos los montevideanos, ya bajaran de Pocitos, de la Aguada o del Cerro.
Montevideo se alumbraba con gigantescos carteles de luces de colores, la gente compraba papelitos y serpentinas y todos se agolpaban a la vera de 18 de Julio a ver pasar los enormes cabezudos, que se inclinaban y tocaban (a veces con escasa delicadeza) las testas infantiles o los cabellos de las muchachas en flor. O los hermosos carros alegóricos, monumentos de papel maché, entre los que destacaba siempre el de la empresa cafetera El Chaná, que estaba “fuera de concurso” porque había sido galardonado demasiadas veces con el premio al más hermoso. Y luego, las comparsas, los grupos de lubolos (blancos que se vestían de negros), los saltimbanquis y la inconfundible cola de plumas de Marta Gularte, por entonces la reina del Sur montevideano. Finalizado el desfile, las familias paseaban por una 18 de Julio sembrada de papel picado, como pisando una alfombra de pétalos marchitos.

El otro gran centro de difusión carnavalera estaba en los tablados, que se armaban precariamente con toneles y tablones, apenas capaces de sostener el peso de decenas de artistas que, desde su altura, desgranaban sobre el barrio sus cuplés y sus chistes. No había barrio que se preciara de tal que no tuviera su tablado, y en aquella época feliz en la que la televisión no había aún desgarrado la intimidad de las familias, no había diversión más sana, más estimulante y más barata que caminar unas cuadras, o unos metros, para asistir a la función del tablado, que por supuesto era gratuita. En las noches cálidas de febrero, pasaban por él las murgas de reminiscencias gaditanas, con sus movimientos de corte payasesco, sus caras pintadas y sus voces nasales, que vertían cuplés de corte picaresco, se burlaban del político de turno o cantaban sensibleras retiradas con saludos cordiales y promesas de guardar a los espectadores en el recuerdo, por lo general empleando melodías de antiguas zarzuelas.

Era una semana, una semana apenas, de fiesta auténticamente popular, de veladas nocturnas con el vecindario en la calle, una semana en la que la luna de verano parecía unir su pálida faz a la de los murguistas y hasta los jazmines se asomaban por encima de las cercas a mirar el tablado. Una semana de noches largas e interdicciones levantadas para los niños, de evocación de viejos carnavales para los mayores, de ventanas abiertas a la noche de verano y a la música. Una semana de diversión sana y barata, que eliminaba como por arte de magia diferencias sociales, jerarquías laborales y familiares y disensos hogareños. El Carnaval unía a todos, igualaba hacia arriba, con el arma poderosa de la ilusión y la poesía.

Hoy eso pertenece al pasado.

Los carnavales bárbaros

Isidoro de María, cronista del Montevideo antiguo, ya recordaba las carnestolendas de su mocedad como un tiempo feérico, en nada comparable al que le tocó vivir. En su recuerdo aquellos carnavales habían sido “más sanos, más divertidos y, sobre todo, más baratos”.

Hubo carnavales desde el origen mismo de la población oriental, como hábito europeo que es; pero la fiesta tomó carta de ciudadanía después de la Guerra Grande, cuando el país comenzó a llenarse de italianos. Contra lo que suele suponerse, el Carnaval no es una festividad original de Venecia, sino de Roma, en la que aparece durante los últimos años del Imperio como supervivencia pagana de las Saturnales. Tan fuerte era la tradición que incluso los primeros papas sintieron la necesidad de reglamentar los festejos, para disminuir en lo posible los “excesos de la carne”.

Durante la Edad Media los carnavales se mantuvieron como un tiempo en el que las rígidas normas que regían la sociedad aparente (la real era otra cosa) podían aflojarse un poco, siempre y cuando luego siguiera la época del arrepentimiento, el dolor y las cenizas. Pero en el Renacimiento las carnestolendas adquirieron definitivamente su carácter de gran paréntesis en la pacata cotidianeidad y su aureola de festividad prohibida, suerte de noche de Walpurgis de los cuerpos. El Carnaval de Venecia, con sus clásicas máscaras, sus capotes y sus florines siempre prestos a salir de la vaina, se
convirtió en signo distintivo de la república, y el de Florencia, menos célebre, pasaba por ser el más licencioso.

Esa era la tradición que españoles, franceses y especialmente italianos trajeron a estas playas. Sin embargo, por alguna razón que historiadores y sociólogos deberán dilucidar, la festividad prendió de manera mucho más firme en Montevideo que en Buenos Aires o cualquier otra ciudad o pueblo del área. Hay en Uruguay una tradición carnavalera centenaria, que fue incluso, en épocas mejores que la actual para la fiesta, recogida internacionalmente. Los célebres Lecuona Cuban Boys, conjunto musical cubano de proyección internacional, popularizaron en todo el mundo su conga Carnaval del Uruguay, que llega desde la presuntamente feliz década de 1950 trayendo la imagen que en aquel tiempo tenían de este país -que aún no era “paisito”-los de adentro y los de afuera:

“El Uruguay, tierra ideal,
país de ensueño que besa el mar.
Noche de amor, y de pasión,
Montevideo te hará gozar
ven mi negra ya
vamos a bailar
con mi conga el Carnaval del Uruguay”

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En algunos barrios y zonas urbanas se constituían los llamados “cantones”, especie de plaza fuerte que algunos pretendían invadir y sus moradores defender. “No damos ni pedimos cuartel”, solían rezar provocativos carteles situados en la entrada del “cantón”, por lo general la casa de alguna familia pudiente. Allí, un grupo de personas, en base a agua y otros elementos arrojadizos, pretendía tomar el sitio y otro grupo, constituido por los moradores de la casa, la servidumbre, amigos y vecinos, trataba de rechazarlos. Los combates llegaban a extremos de encarnizamiento notable, y contaban, por supuesto, con la aprobación o la “tolerancia” del dueño de casa, que a veces participaba en las batallas, lo que muestra el carácter esencialmente democrático e igualador que el Carnaval tenía por entonces. A cierta altura del combate llegaba la Policía en un coche bomba, “especie de armatoste pesado, inmenso, arrastrado por muchos celadores”. ¿Tal vez a parar los excesos o a poner orden? No; a participar en la batalla, arrojando chorros de agua que barrían tanto a conquistadores como a defensores.
Tan oficializada estaba la participación vespertina del coche bomba policial en los combates de los “cantones”, que algunos lo anunciaban en carteles, en los que se convocaba a la lucha.
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El presente

El Carnaval del Uruguay, que inspirara a los Lecuona Cuban Boys, es hoy una fiesta en claro retroceso. La encuesta de Equipos que se publica en esta misma edición de Fin de Semana lo deja pristinamente claro. La que presume de ser la “fiesta popular” por excelencia es olímpicamente ignorada por el 70% de la población, que declara ir “poco y nada” a sus espectáculos. El interés por las expresiones carnavaleras de la actualidad decrece cuando mayor es el nivel cultural de los ciudadanos, y casi un 60% de los encuestados se muestra de acuerdo con la frase “Carnavales eran los de antes”.

Intentar una explicación de este fenómeno es tarea de sociólogos, que, hasta donde sabemos, está aún por hacerse. Aquí sólo pueden adelantarse algunas teorías tentativas. En primer lugar, influye evidentemente la variedad de posibilidades de entretenimiento de que goza un ciudadano hoy en día. En los tiempos dorados del Carnaval el vecindario iba al tablado casi por fuerza, pues la alternativa era quedarse en casa a escuchar la radio. En la actualidad un ciudadanos dispone de televisión, video, cable y otras formas de diversión que le resultan, evidentemente, más atractivas que asistir a la actuación de un conjunto de parodistas o de una murga. El tablado barrial casi ha desaparecido, y los pocos que van quedando, en vez de suscitar la unánime aprobación de los vecinos, son motivo de queja por ruidos nocturnos.

La difusión del empleo del auto es otro factor en extremo negativo para la suerte del Carnaval. En la llamada “semana” de esa fiesta (que, en realidad, no debería pasar de dos días feriados, pero que suele extenderse hasta el domingo siguiente) una parte cada vez mayor de la población se marcha de Montevideo hacia las playas o hacia sitios más serenos, y la población de la capital queda reducida. Otros aprovechan para irse de turismo más lejos, hacia Brasil o Argentina. Sus padres, seguramente, hubieran ido un poco más cerca en esas mismas fechas: al tablado.

La técnica también conspira contra Momo. Las posibilidades de comparar el nivel artístico de nuestro Carnaval con el de otros países no ha favorecido al primero, evidentemente. Los corsos de cabezudos y carros alegóricos que encantaban a los niños de hace 40 años pueden sostenerse en la memoria porque ésta lo disfraza todo con el recurso tramposo de la nostalgia, pero los actuales producen algo muy similar a la pena cuando uno tiene oportunidad de compararlos con los del Carnaval de Rio de Janeiro. Se dirá que siempre fue así, y es cierto; sólo que, ahora, la gente puede ver el desfile carioca en directo por televisión. O viajar hasta allí.
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A estos factores podrían sumarse otros, como la excesiva prolongación de los festejos carnavaleros, que llega a saturar a mucha gente, o la profesionalización creciente de todo el medio, que tal vez haya aumentado los niveles de calidad musical de los espectáculos (lo que, por otra parte, resulta altamente discutible) pero que les ha quitado espontaneidad y calor popular.

Momo, el viejo dios beodo que tal vez no sea sino la vejez de Dionisos, se muestra cansado y dispuesto a jubilarse.

Perfil del autor

Lincoln Maiztegui Casas, reconocido periodista, ajedrecista y profesor de Historia.
Columnista del diario El Observador y editor de la sección Fin de Semana, es además quien se ocupa de la partida de Ajedrez que publican semanalmente los diarios El Observador de Montevideo y El País de Madrid. Sus alumnos del PRE/U lo conocen como profesor de Historia -ingresó a la docencia en 1968- y como hincha fanático de Nacional, equipo por el que pierde toda objetividad.
Cursó la Licenciatura de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Designado profesor efectivo por el Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria en 1971 impartió clases en las ciudades de Mercedes y Montevideo. Es profesor de Historia en el PRE/U desde 1998.
Son conocidas también por todos: su debilidad por el truco, por la buena música (Mozart, Shubert) y por el tabaco.

Fuente: Instituto Preuniversitario de Montevideo

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